Cuando piensas en un hacker, es probable que imagines a un adulto encapuchado, motivado por dinero o por intereses políticos. Sin embargo, la realidad es bastante distinta. Hoy, el perfil más común del hacker es el de un adolescente o joven adulto, muchas veces con una curiosidad técnica enorme y motivaciones que no siempre encajan en los estereotipos clásicos.
Desde TecnetOne, creemos que entender quién está realmente detrás del teclado es clave para abordar la ciberseguridad desde un enfoque más realista, preventivo y humano.
Los datos no dejan lugar a dudas. Según cifras del FBI, la edad media de las personas detenidas por delitos informáticos ronda los 19 años, muy por debajo de la media de otros delitos, que se sitúa en torno a los 37 años.
Esto significa que gran parte de los ataques que afectan a empresas, instituciones y servicios críticos no siempre vienen de grandes organizaciones criminales, sino de jóvenes con habilidades técnicas avanzadas, acceso a herramientas online y, en muchos casos, una madurez emocional aún en desarrollo.
Quizá recuerdes el caso que sacudió a la industria del videojuego en 2022. Un adolescente de 18 años, Arion Kurtaj, logró acceder a materiales internos de Rockstar Games y filtró decenas de imágenes y vídeos del esperado GTA VI, obligando a la empresa a confirmar oficialmente el desarrollo del juego antes de lo previsto.
Kurtaj formaba parte del grupo Lapsus$, conocido por ataques de alto impacto contra grandes corporaciones. El desenlace fue contundente: la justicia británica lo condenó a internamiento indefinido en un hospital, al considerar que existía un alto riesgo de reincidencia y teniendo en cuenta su condición dentro del espectro autista.
No fue un caso aislado. Otro miembro del grupo, de 17 años, recibió una condena de trabajos comunitarios y la prohibición expresa de usar VPN.
Este tipo de historias muestran algo importante: la línea entre el talento y el delito puede ser muy fina cuando no hay orientación ni límites claros.
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Existe una tendencia a pensar que todo hacker actúa por beneficio económico. Pero la realidad es más compleja.
Muchos jóvenes se inician en el hacking por:
Un ejemplo claro es el de Embl, un adolescente de 17 años detenido en España por hackear la web del PSOE. En su declaración, aseguró que no buscaba dinero, sino exponer lo que él consideraba corrupción institucional. Aunque robó más de 10 GB de datos, nunca intentó venderlos.
Esto no justifica el delito, pero sí ayuda a entender que las motivaciones no siempre son económicas.
Algunos hackers desarrollan narrativas internas para justificar sus actos. Es el caso de Vyacheslav Penchukow, conocido como Tank, miembro del grupo Jabber Zeus y buscado por el FBI.
En una entrevista desde prisión, afirmó que las grandes empresas occidentales “pueden permitirse perder dinero” y que incluso cuentan con seguros. Bajo esa lógica, llegó a justificar ataques contra hospitales y servicios médicos, uno de los aspectos más preocupantes del cibercrimen moderno.
Aquí aparece un patrón recurrente: la deshumanización de la víctima, algo que facilita cruzar líneas éticas cada vez más graves.
No todo termina en tribunales. Existen jóvenes que canalizan su talento de forma ética y legal, convirtiendo el hacking en una carrera profesional de alto nivel.
Uno de los casos más conocidos es el de George Hotz, quien con solo 15 años logró realizar el primer jailbreak del iPhone. En lugar de acabar en prisión, su talento le abrió las puertas de empresas como Apple, Google y Facebook, e incluso recibió ofertas de Elon Musk.
Este perfil corresponde a los llamados hackers de sombrero blanco, personas que buscan vulnerabilidades para reportarlas y mejorar la seguridad de los sistemas, no para explotarlos.
Hoy existen alternativas claras para quienes tienen habilidades técnicas avanzadas:
Un ejemplo inspirador es Santiago López, un joven argentino que con solo 19 años superó el millón de dólares en recompensas por reportar vulnerabilidades a grandes empresas tecnológicas.
La pregunta es inevitable: si este camino existe, por qué algunos eligen el delito?
Desde la experiencia en TecnetOne, hay varios factores que influyen:
Muchos adolescentes descubren que son “buenos hackeando” antes de que alguien les explique dónde está el límite legal.
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Aquí es donde empresas, instituciones y familias juegan un papel clave. La ciberseguridad no solo va de firewalls y antivirus, sino de educación, prevención y detección temprana.
Algunas acciones fundamentales:
Invertir en esto no solo reduce el cibercrimen, sino que genera los profesionales que el mercado necesita.
Uno de los mayores errores en seguridad es pensar que un atacante joven es menos peligroso. La historia demuestra lo contrario.
Los adolescentes:
En muchos casos, no atacan peor que un profesional, solo con menos control emocional.
El hacker del que tanto se habla no siempre es un villano de película. Muchas veces es un joven con talento, curiosidad y acceso a internet, pero sin una brújula clara.
Desde TecnetOne, creemos que la clave no está solo en castigar, sino en entender, prevenir y canalizar. Porque cada adolescente que hoy hackea por curiosidad podría ser mañana el profesional que proteja tus sistemas o el que los ataque.
La diferencia está en qué oportunidades le ofrecemos antes de que sea demasiado tarde.